Ingresó al Seminario Menor de Uruapan, Michoacán, a los trece
años y se ordenó sacerdote un nueve de febrero de 1985,
en la catedral de Zamora, por el Excmo. Sr. Obispo, José
Saúl Robles Jiménez. En esta entrevista, nos habla con
entusiasmo de su vocación, de su misión sacerdotal y de
las situaciones que se dieron cuando le anunciaron su
asignación a la Basílica.
P.- ¿Cuándo y en qué circunstancias se dio cuenta de
su vocación al sacerdocio?
R.- Mi papá se dedicaba al béisbol y desde pequeño tuve los útiles para jugar
el béisbol y decían que era líder, y como tenía todo,
yo decidía si se jugaba o no. Para poder jugar recuerdo
que siempre ponía la condición de que teníamos que ir
a misa, y que esa misa la celebraba yo, jugando, por supuesto.
Tendría unos cinco años; nunca fui monaguillo pero eso
me gustaba mucho, hacer mi altar en el patio de la casa,
y ahí se juntaban todos como si fuera en serio una misa
[…] mi anhelo siempre era ser sacerdote. Luego la Madre
superiora del colegio decía que veía cualidades en mí
para ser sacerdote y yo me reía porque sabía que sí. El
señor cura del pueblo, Daniel Mosqueda Carrillo, se dio
cuenta de esto y también me apoyó. Entonces me preguntaron
si quería ir al seminario y fui con mucho gusto pues era
lo que yo quería.
P.- ¿Cómo fueron los primeros años y su estancia en
el s1eminario?, ¿cómo se fue consolidando su vocación?
R.- En primer lugar yo nunca tuve ninguna duda de mi vocación. Yo creo que
esto fue definitivo. Desde el momento en que salí de mi
casa con mis papás que me llevaban siendo un niño, yo
dije: ‘voy al seminario porque voy a ser sacerdote, no
voy a ver si puedo. Esa era mi convicción desde un principio.
Al llegar al Seminario ví que todo me alegraba, me hacía
sentir mucho más pleno y realizado y nunca me entendí
ni me pude ver fuera del sacerdocio. E
P.- ¿En dónde realizó su primer servicio como sacerdote?
R.- Mi primer servicio fue como Vicario Parroquial durante siete años en la
Parroquia del pueblo de San José de Gracia, en Michoacán.
Fue una experiencia demasiado rica. El señor cura me encargó
a los jóvenes que era lo más difícil (en la pastoral),
hicimos grupos juveniles y todo esto cristalizó en seis
sacerdotes que ya están ordenados. Esa fue una experiencia
muy hermosa, y todavía a 16 años de distancia, la gente
sigue esperándome para párroco de ese pueblo. Me visitan
aquí en la Basílica con mucha alegría. En 1992 lo nombraron
párroco para el pueblo de Abadiano, Michoacán, donde también
permaneció siete años. Con orgullo y alegría nos cuenta
su historia en aquel lugar.
“Fue un trabajo arduo pastoral, estaba solo, tenía diez comunidades
a mi cargo y creo que se atendieron bien porque la gente
quedó muy agradecida. Yo entre más trabajo tengo, me siento
más seguro, más pleno y más realizado. Para mí fue muy
difícil atender tanta comunidad, diariamente y al minuto,
pero tengo el gusto de poder decir que en mis 22 años
de sacerdote, nunca he llegado tarde un minuto a una de
mis responsabilidades”. Más adelante, en 1999, lo nombraron
párroco para la Parroquia de San Felipe de Jesús en Sahuayo,
Michoacán.
“Era una parroquia todavía más complicada por la diversidad
de gentes que llegan de todas partes, con muchísimo trabajo.
Se tenían 24 grupos parroquiales, no sé cómo le hice solamente
con la ayuda de mi hermano que era profesor en el seminario
de Zamora, él iba los fines de semana a ayudarme y salimos
adelante con todo el trabajo.
P.- ¿Cuáles fueron las líneas de su trabajo en esa parroquia?
R.- La pastoral familiar, la pastoral juvenil, centros de catequesis, grupos
de catequistas, grupos de encuentros matrimoniales, misioneros
seglares, grupos de formación de monaguillos, pastoral
social, cáritas, damas voluntarias combonianas, pastoral
vocacional, pastoral litúrgica, por mencionar algunas.
La gente allá es muy desprendida de su tiempo para el
trabajo pastoral. El primero de julio de 2005, llegó a
la Basílica de Guadalupe. Fue enviado por los obispos
de la Región Pastoral Don Vasco, después de que realizaron
una consulta y la elección entre varios candidatos, respondiendo
a la petición que hiciera Mons. Diego Monroy, Rector del
Santuario, de apoyar en el servicio ministerial durante
tres años con un sacerdote de aquella región. “Cuando
el Señor Obispo me avisó, yo recordé lo que le pedí a
la Santísima Virgen y a nuestro Señor el día de mi ordenación
sacerdotal: primero, que me hicieran un buen sacerdote,
y segundo, que si a bien lo tenía Nuestro Señor, algún
día el obispo pensara en mí para ponerme en una capillita
pero dedicada a la Virgen de Guadalupe […] ¡Y me proponen
los obispos venir no a un capillita, sino a la Basílica
de Guadalupe!”.
P.- ¿Cómo recibió esta noticia?
R.- Totalmente sorprendido. En primer lugar no lo esperaba porque no soy de
esta Arquidiócesis, y en segundo lugar jamás pensé ni
siquiera celebrar una misa aquí. El obispo me dijo, piénsalo,
consulta (…) y por supuesto para mi era increíble aquello,
una nueva experiencia, una nueva forma de vivir. Estaba
al pie de la Madre a quien tanto había amado, en un pueblo
que es totalmente guadalupano del cual salí, entonces
para mí era un privilegio, un gozo, una alegría, estar
acá.
Tanto el obispo como mi mamá me decían que no entendían cómo
es que iba a la Basílica. Por gracia de Dios, el Sr. Obispo
presidió la celebración de los 50 años de matrimonio de
mis papás y entonces al final les dio el aviso a mis papás
y yo le dije: señor, yo si sé por qué voy a la Basílica.
Mi mamá dice que no sabe por qué y usted le dará la respuesta
como pastor. Pero, mire señor, en primer lugar a mi mamá
y a mi papá no se les debe olvidar que soy el primero
de la familia y que nací muy enfermo y que iba a morir,
los médicos dijeron que no había remedio. Mi mamá se apuró
mucho y mi abuelita le dijo ‘no llores ni te apegues a
nada, ve y llévale ese niño al Santuario de la Santísima
Virgen aquí en el pueblo, entrégaselo’. Dice mi mamá que
ya era imposible llevarme pero no le quedó de otra que
correr conmigo ante la Virgen de Guadalupe y decirle ‘Madre
mía, yo sé que mi hijo no tiene remedio para los médicos
pero para ti sí, tú me lo puedes aliviar y si me lo alivias
yo te lo doy para lo que tú quieras’. En segundo lugar,
le dije, señor Obispo, usted no lo sabe pero esta señora
que es mi mamá lleva también 18 años en el pueblo evangelizándolo.
Dos veces al día reza el Rosario, casa por casa, y traslada
a la Virgen de Guadalupe sin fallar, y vaya y revísele
su casa, con doce hijos. Y aquí está el señor cura que
es testigo porque él ha estado en el pueblo todos esos
años. Por lo tanto, entonces mamá, no me estés preguntando
por qué. La Virgen en tus 50 años de matrimonio, te da
este regalo: uno de tus hijos va a ir a servir a la Basílica
de Santa María de Guadalupe, a quien tú has servido tanto
y quién me dio la salud. Tu le dijiste que para lo que
ella quisiera ¡y mira para lo que ha querido ahora!.
Ese es el Padre Luis (sonríe emocionado).
P.- ¿Y cómo le ha ido?
R.- Estoy feliz y encantado de la vida. Este es mi lugar. Yo veo que la gente
queda bien llena con mi predicación porque me lo hacen
ver, no hay un día que no. Al mismo tiempo, la confesión
ha sido una experiencia tan maravillosa para mí que no
la cambio por nada en esta Basílica ni en la vida. ¡Cuánta
gente bien deshecha que ha llegado, totalmente rota de
su alma, de su ser, y se va bien remendada!