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Pbro. Luis García González
Presbítero adscrito al Santuario

Lic. Marcela Vallecillo Gómez
Comunicación Social de la INBG

Es sacerdote adscrito a la Basílica de Guadalupe. Tiene 50 años de edad y 22 de sacerdote. Nació en Churintzio, Diócesis de Zamora, Michoacán, el 18 de mayo de 1956, siendo el mayor de doce hijos del matrimonio formado por la Sra. Rafaela González Pérez y el Señor Francisco García Alfaro, quienes también tienen otro hijo sacerdote.

Ingresó al Seminario Menor de Uruapan, Michoacán, a los trece años y se ordenó sacerdote un nueve de febrero de 1985, en la catedral de Zamora, por el Excmo. Sr. Obispo, José Saúl Robles Jiménez. En esta entrevista, nos habla con entusiasmo de su vocación, de su misión sacerdotal y de las situaciones que se dieron cuando le anunciaron su asignación a la Basílica.

P.- ¿Cuándo y en qué circunstancias se dio cuenta de su vocación al sacerdocio?
R.- Mi papá se dedicaba al béisbol y desde pequeño tuve los útiles para jugar el béisbol y decían que era líder, y como tenía todo, yo decidía si se jugaba o no. Para poder jugar recuerdo que siempre ponía la condición de que teníamos que ir a misa, y que esa misa la celebraba yo, jugando, por supuesto. Tendría unos cinco años; nunca fui monaguillo pero eso me gustaba mucho, hacer mi altar en el patio de la casa, y ahí se juntaban todos como si fuera en serio una misa […] mi anhelo siempre era ser sacerdote. Luego la Madre superiora del colegio decía que veía cualidades en mí para ser sacerdote y yo me reía porque sabía que sí. El señor cura del pueblo, Daniel Mosqueda Carrillo, se dio cuenta de esto y también me apoyó. Entonces me preguntaron si quería ir al seminario y fui con mucho gusto pues era lo que yo quería.

P.- ¿Cómo fueron los primeros años y su estancia en el s1eminario?, ¿cómo se fue consolidando su vocación?
R.- En primer lugar yo nunca tuve ninguna duda de mi vocación. Yo creo que esto fue definitivo. Desde el momento en que salí de mi casa con mis papás que me llevaban siendo un niño, yo dije: ‘voy al seminario porque voy a ser sacerdote, no voy a ver si puedo. Esa era mi convicción desde un principio. Al llegar al Seminario ví que todo me alegraba, me hacía sentir mucho más pleno y realizado y nunca me entendí ni me pude ver fuera del sacerdocio. E 

P.- ¿En dónde realizó su primer servicio como sacerdote?
R.- Mi primer servicio fue como Vicario Parroquial durante siete años en la Parroquia del pueblo de San José de Gracia, en Michoacán. Fue una experiencia demasiado rica. El señor cura me encargó a los jóvenes que era lo más difícil (en la pastoral), hicimos grupos juveniles y todo esto cristalizó en seis sacerdotes que ya están ordenados. Esa fue una experiencia muy hermosa, y todavía a 16 años de distancia, la gente sigue esperándome para párroco de ese pueblo. Me visitan aquí en la Basílica con mucha alegría. En 1992 lo nombraron párroco para el pueblo de Abadiano, Michoacán, donde también permaneció siete años. Con orgullo y alegría nos cuenta su historia en aquel lugar.

“Fue un trabajo arduo pastoral, estaba solo, tenía diez comunidades a mi cargo y creo que se atendieron bien porque la gente quedó muy agradecida. Yo entre más trabajo tengo, me siento más seguro, más pleno y más realizado. Para mí fue muy difícil atender tanta comunidad, diariamente y al minuto, pero tengo el gusto de poder decir que en mis 22 años de sacerdote, nunca he llegado tarde un minuto a una de mis responsabilidades”. Más adelante, en 1999, lo nombraron párroco para la Parroquia de San Felipe de Jesús en Sahuayo, Michoacán.

“Era una parroquia todavía más complicada por la diversidad de gentes que llegan de todas partes, con muchísimo trabajo. Se tenían 24 grupos parroquiales, no sé cómo le hice solamente con la ayuda de mi hermano que era profesor en el seminario de Zamora, él iba los fines de semana a ayudarme y salimos adelante con todo el trabajo.

P.- ¿Cuáles fueron las líneas de su trabajo en esa parroquia?
R.- La pastoral familiar, la pastoral juvenil, centros de catequesis, grupos de catequistas, grupos de encuentros matrimoniales, misioneros seglares, grupos de formación de monaguillos, pastoral social, cáritas, damas voluntarias combonianas, pastoral vocacional, pastoral litúrgica, por mencionar algunas. La gente allá es muy desprendida de su tiempo para el trabajo pastoral. El primero de julio de 2005, llegó a la Basílica de Guadalupe. Fue enviado por los obispos de la Región Pastoral Don Vasco, después de que realizaron una consulta y la elección entre varios candidatos, respondiendo a la petición que hiciera Mons. Diego Monroy, Rector del Santuario, de apoyar en el servicio ministerial durante tres años con un sacerdote de aquella región. “Cuando el Señor Obispo me avisó, yo recordé lo que le pedí a la Santísima Virgen y a nuestro Señor el día de mi ordenación sacerdotal: primero, que me hicieran un buen sacerdote, y segundo, que si a bien lo tenía Nuestro Señor, algún día el obispo pensara en mí para ponerme en una capillita pero dedicada a la Virgen de Guadalupe […] ¡Y me proponen los obispos venir no a un capillita, sino a la Basílica de Guadalupe!”.

P.- ¿Cómo recibió esta noticia?
R.- Totalmente sorprendido. En primer lugar no lo esperaba porque no soy de esta Arquidiócesis, y en segundo lugar jamás pensé ni siquiera celebrar una misa aquí. El obispo me dijo, piénsalo, consulta (…) y por supuesto para mi era increíble aquello, una nueva experiencia, una nueva forma de vivir. Estaba al pie de la Madre a quien tanto había amado, en un pueblo que es totalmente guadalupano del cual salí, entonces para mí era un privilegio, un gozo, una alegría, estar acá.

Tanto el obispo como mi mamá me decían que no entendían cómo es que iba a la Basílica. Por gracia de Dios, el Sr. Obispo presidió la celebración de los 50 años de matrimonio de mis papás y entonces al final les dio el aviso a mis papás y yo le dije: señor, yo si sé por qué voy a la Basílica. Mi mamá dice que no sabe por qué y usted le dará la respuesta como pastor. Pero, mire señor, en primer lugar a mi mamá y a mi papá no se les debe olvidar que soy el primero de la familia y que nací muy enfermo y que iba a morir, los médicos dijeron que no había remedio. Mi mamá se apuró mucho y mi abuelita le dijo ‘no llores ni te apegues a nada, ve y llévale ese niño al Santuario de la Santísima Virgen aquí en el pueblo, entrégaselo’. Dice mi mamá que ya era imposible llevarme pero no le quedó de otra que correr conmigo ante la Virgen de Guadalupe y decirle ‘Madre mía, yo sé que mi hijo no tiene remedio para los médicos pero para ti sí, tú me lo puedes aliviar y si me lo alivias yo te lo doy para lo que tú quieras’. En segundo lugar, le dije, señor Obispo, usted no lo sabe pero esta señora que es mi mamá lleva también 18 años en el pueblo evangelizándolo. Dos veces al día reza el Rosario, casa por casa, y traslada a la Virgen de Guadalupe sin fallar, y vaya y revísele su casa, con doce hijos. Y aquí está el señor cura que es testigo porque él ha estado en el pueblo todos esos años. Por lo tanto, entonces mamá, no me estés preguntando por qué. La Virgen en tus 50 años de matrimonio, te da este regalo: uno de tus hijos va a ir a servir a la Basílica de Santa María de Guadalupe, a quien tú has servido tanto y quién me dio la salud. Tu le dijiste que para lo que ella quisiera ¡y mira para lo que ha querido ahora!.

Ese es el Padre Luis (sonríe emocionado).

P.- ¿Y cómo le ha ido?
R.- Estoy feliz y encantado de la vida. Este es mi lugar. Yo veo que la gente queda bien llena con mi predicación porque me lo hacen ver, no hay un día que no. Al mismo tiempo, la confesión ha sido una experiencia tan maravillosa para mí que no la cambio por nada en esta Basílica ni en la vida. ¡Cuánta gente bien deshecha que ha llegado, totalmente rota de su alma, de su ser, y se va bien remendada!





   Año V, núm. 71. Noviembre de 2006.

 
 
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