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Pbro. Gabriel Rodríguez
Martín del Campo



Lic. Marcela Vallecillo Gómez

Comunicación Social de la INBG

Nació en México, D.F., el 26 de febrero de 1929, del matrimonio formado por el Ing. Alfonso Rodríguez y la Sra. Refugio Martín del Campo, quienes procrearon 11 hijos.

En 1946 hizo su profesión de votos como hermano Marista y en 1984 se ordenó sacerdote en la Arquidiócesis de México.

Realizó estudios de Profesor de Escuela Primaria y Superior, en la Escuela Normal Queretana (1948); de Maestro en Historia en la UNAM (1956) y de Licenciatura en Ciencias Religiosas en la Universidad Lateranense de Roma (1961).

Fue profesor de Primaria en el Colegio México (1949-1954); de Secundarias, en el Distrito Federal, Morelia y Querétaro (1956-1958); de Preparatoria en el Centro Universitario México (CUM) (1958) y en el Colegio México de Orizaba (1981). Ejerció la dirección de la Escuela Normal Queretana (1962-1966 y 1976-1979), del CUM (1979-1980), y se desempeñó como Gerente de la Editorial Progreso (1982-1983).

Recibió el encargo por un año de Visitador Provincial Marista (1966-1967) y por ocho años el de Consejero General de la Formación Marista a nivel internacional (1968-1976). En la Arquidiócesis de México y en la de Yucatán fue, respectivamente,  el Provicario (1989-1990) y Vicario de Religiosas (1991-1993).

En 1984 se incorporó al servicio de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe como Capellán de Coro, hasta el año 1989 y posteriormente en 1994, a la fecha. En el Santuario ha sido director y asesor del Centro de Formación de Laicos para Acciones Específicas (CEFALAE) 2003-2004, y dedica buena parte de su servicio al apostolado de las publicaciones, al momento cuenta con alrededor de 80 entre folletos y libros.

En breve entrevista nos comparte de su trayectoria.

P.- ¿Cómo descubrió su vocación sacerdotal?

R.- Pertenecí a una familia muy cristiana y fue por medio de una tía de mi madre cuando por primera vez me dijeron que si aceptaba entrar en un seminario. Yo era un chiquillo y a los once años acepté, Ingresé con los hermanos maristas porque ellos mismos me lo sugirieron. Había estudiado el cuarto y quinto años de Primaria en el Colegio México y paralelamente se me había despertado la simpatía por esta congregación. El profesor Jesús Gil –que en Gloria de Dios esté–, nos invitó a formar parte de un grupo en el que pudiéramos escuchar sobre la vida religiosa marista. El nos echó mucho el anzuelo pero también hubo el estímulo humano que era ir a estudiar a Francia, hay que decirlo. 

P.- ¿Toda vocación requiere un proceso de maduración?

R.- Nunca en un principio logra uno entender la misma vida de Cristo, casi siempre se entra (al Seminario) de joven, antes se entraba hasta de quinto y sexto año de primaria. Pero conforme fue pasando el tiempo, la entrada formal no se permite sino algunas veces y después de haber cursado la preparatoria e inclusive después de algún curso propedéutico. Se pide que el joven haya tenido tiempo de vivir las posibilidades en el mundo, haber tenido amistades, haberse dado cuenta de lo que significa desarrollar una profesión. Una vez que la persona ya adquirió ese conocimiento real de lo que ofrece el mundo y de un estado de vida como el sacerdocio o el matrimonio, ya de una edad mayor es cuando la Iglesia va sembrando, movida por el Espíritu Santo, esa semilla de vida del llamado. Nunca se llega a la profesión perpetua o al diaconado sin antes haberse asegurado, por parte de los superiores, si se encuentran o no las aptitudes que se requieren.  Por otra parte uno mismo va reconociendo o no las aptitudes para ejercer ese estado de vida.

P.- En dos periodos ha sido Capellán de coro, ¿cómo ha sido su experiencia?

R.- Desde luego, estoy encantado de estar aquí, es lo que más ha llenado mis aspiraciones internas, porque no sólo es estar cerca de la Virgen de Guadalupe sino que en general se está cerca del pueblo de México. A través del Sacramento de la Reconciliación me he encontrado un pueblo mexicano que se deja trabajar en lo espiritual. En muchas parroquias se va perdiendo el deseo de recibir a la gente en este Sacramento, desgraciadamente, pero aquí en la Basílica se ha favorecido y se está favoreciendo.

Durante el tiempo en que fui encargado de la formación de los religiosos maristas a nivel mundial, tomé experiencia de lo que se hacía en otros países en la dirección espiritual y se me formó la inclinación a  estar atento al desarrollo psicológico y cristiano de la persona.

Por medio del Sacramento de la Reconciliación Penitencial, aquí he podido intentar el cambio, la transformación de la persona, inclinándola a buscar su madurez cristiana. Le he dado muchísima importancia a la confesión dedicándole tres horas y media diarias.

También me he dedicado a preparar lo mejor posible la homilía, he redactado en tres ocasiones lo que podría llamar misales, el primero lo llamé “Guadalupano Explicado”, el segundo lo edite con el nombre de “Misal Guadalupano” y el tercero “Leccionario comentado al día” (…) le pueden servir también a otros sacerdotes. Comunicar el mensaje de la Salvación, la Buena Nueva, es capital para mí, y siempre he procurado darle toda su importancia a las homilías en las misas.

P.- Tiene muchas publicaciones, ¿hay alguna línea común en ellas?

R.- El aspecto humano y el cristiano, siempre tratados conjuntamente. Es decir, lo que trata de facilitar el desarrollo de todas las cualidades propias del hombre, del cristiano,  entra en la línea de lo que escribo. En un principio lo que publicaba lo vendía, estaba destinado a  las escuelas, pero últimamente regalo todo en la confesión, algunos dicen que no valen nada pero otros conforme van leyendo pueden descubrir el valor del contenido, si les sirve o no.  También he procurado regalarlas a empleados y sacerdotes de la Basílica.

P.- ¿Por qué es tan importante la formación integral?

R.- En primer lugar, al habernos dado Dios distintos tipos de capacidades, es para que las desarrollemos todas al máximo: (Cristo dijo) “Sed perfectos como yo soy perfecto”, o “Sed santos  como yo soy santo”, o por otra parte la frase tan extraordinaria de San Pablo: “Vivo ya no yo, es Cristo quien vive en mí”. Ese es el punto que procuro seguir con las personas, hacerles ver que son miembros del Cuerpo Místico de Cristo y que Él es su cabeza. Y que así como Cristo se entregó totalmente hasta dar su vida, así también nosotros nos tenemos que entregar al servicio de los demás porque sólo en ese don de sí mismo total e integral, conciente y responsable, es cuando uno experimenta que alcanzó su máximo desarrollo.

P.- ¿El Evangelio va hacia el desarrollo integral del ser humano?

R.- Así es. El evangelio quiere que imitemos a Cristo en ese don que hizo de sí. Tanto nos amó que dio su vida por nosotros, en la cruz demostró el máximo amor (…) nos abrió el Reino de los Cielos para que seamos Dios con Dios, porque desde el Bautismo somos verdaderos hijos en el Hijo, hijos del Padre, hermanos de Cristo y templos del Espíritu Santo, con derecho a sentarse en la mesa del Padre, con derecho a hablar y convivir con Él por los siglos de los siglos. Por lo tanto, al formar parte de la familia divina, todo lo cual quiere decir que nos invita a ser Dios con Dios, nosotros dioses por participación, Él, Dios por sí mismo.

P.- Se ve muy contento

R.- Así estoy. 



   Año V, núm. 61. Enero de 2006.

 
 
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