M.I.
Sr. Cango. José Alfonso Candia Unda,
Canónigo Emérito
Lic. Marcela Vallecillo Gómez
Comunicación Social de la INBG
“Dios
nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida, no porque lo merecieran
nuestras buenas obras, sino porque así lo dispuso Él gratuitamente”.
(Tim 1,8-10).
Ser sacerdote, es, sobre
todo, don, es misterio. Camino de entrega del todo por el que lo es
Todo en todos. Con enormes alegrías —aunque también con sufrimientos—,
como todos los senderos del amor pleno. Imposible sin la fuerza del
Resucitado. Efectivamente realizable con Él y desde Él, hasta el final.
Luego de más de 50 años
en el servicio sacerdotal, Don José Alfonso Candia Unda, Canónigo
Emérito de la Basílica de Guadalupe, agradece el don que le fue concedido
al ser llamado por el Sumo y Eterno Sacerdote. Reconoce infidelidades,
se alegra por los gozos, medita al volver la vista atrás y renueva
su voluntad de seguir donando su esfuerzo, por las personas que esperan
aún mucho de él como sacerdote y como persona.
Porque tiene una vocación
que no le ha desprovisto de su humanidad; al contrario, declara gozoso,
le ha plenificado en ese sentido porque en la medida que es más humano
es más divino; al ser muy humano se cumple la voluntad de Dios, dice,
al tiempo que advierte: “influye mucho la condición de un sacerdote
cuando no sabe vivir como humano. Difícilmente podrá vivir divinamente”,
advierte.
Esta
vida de entrega radical comenzó el 17 de abril de 1954, cuando se
ordenó sacerdote en la Catedral Metropolitana. Tenía 31 años; nació
el 23 de junio de 1923 en esta ciudad de México. Desde siempre sus
pasos fueron acompañados por Santa María: al nacer fue consagrado
a la Virgen por Doña Rosa Unda Orta. Luego, durante los años de estudiante
en el Seminario, Ella estuvo siempre presente en los momentos de duda
o tristeza y le animó para mantener la fidelidad al llamado de Jesucristo.
Más tarde, su primera misa
rezada la celebró un domingo de Resurrección, aquí en la casa de Santa
María de Guadalupe, en la hoy llamada Basílica Antigua. Después, su
primera misa solemne la celebró a los pies de la imagen de la Virgen
Inmaculada, el primer lunes de Pascua en la Capilla del Seminario.
De las múltiples alegrías
del servicio que ha experimentado y las gracias que le han sido concedidas
por Dios durante su ministerio, recuerda las primeras, cuando al término
de su ordenación sacerdotal su mamá le pidió confesarla:
“Me sentía dichoso y abrumado
a la vez y en medio de la duda me dije: soy sacerdote. Y después de
haberla escuchado pronuncié por primera vez la fórmula de la absolución
en latín […] y me levanté lleno de gratitud [...].¡Esta fue una de
mis primeras alegrías sacerdotales!” Después, en su primera misa le
ayudaron en acolitar su papá, Don Alfonso Candia Nécega, y uno de
sus dos hermanos, Benjamín. Son gracias actuales, afirma, con las
que Dios mueve a una entrega mayor y más plena.
Pero desde años antes ya
había descubierto el gozo que proporciona el servicio a los demás
en las visitas que realizaba a los jóvenes privados de su libertad
en el Tutelar de Menores de esta enorme ciudad. Eso precisamente
le movió a servir de manera más amplia y total. Y así lo ha hecho,
extendiendo su servicio a niños, jóvenes, familias, sacerdotes, religiosos.
Recién ordenado sacerdote,
fue nombrado Capellán de las correccionales de hombres y mujeres por
tres años. Al tiempo se desempeñó como Capellán y confesor de los
novicios de los hermanos maristas y ecónomo ayudante del Seminario
Mayor.
De enero de 1958 a 1959,
fue secretario particular del Sr. Arzobispo Primado Don Miguel Darío
Miranda y Gómez. En 1959 fue nombrado, por un año, Director Arquidiocesano
de la Legión de María y Capellán de los Escuderos de los Caballeros
de Colón.
De
1960 a 1963, fue Viceasesor del Movimiento de los Cursillos de Cristiandad,
y hasta 1970, encargado del Movimiento de Jornadas de Vida Cristiana,
tiempo en el que pasaron 10 mil jóvenes por el movimiento. “¡Otro
don divino para mi sacerdocio!”, comenta. También fungió como Director
del Instituto de Cultura Religiosa para Apóstoles Seglares; apoyó
en el Movimiento Familiar Cristiano y en el Movimiento por un Mundo
Mejor.
“La mies era mucha y los
operarios pocos, pero contábamos con Él y con Ella […] ¡Estábamos
jóvenes! [sic], y nuestro superior Monseñor Aguilera era incansable.
Estos años fueron muy interesantes en mi vida ministerial”.
En
julio de 1968, fue nombrado párroco de Santa María de la Visitación
en Tepepan, Xochimilco. En mayo de 1960, fue nombrado miembro del
Primer Senado presbiteral del Arzobispado y Gerente de la Octava Zona
de Pastoral (Xochimilco) donde permaneció hasta septiembre de 1971.
Ese mismo año, fue nombrado Ayudante en el archivo de la Curia, secretario
en el Secretariado de la Fe y Ecumenismo con el Excmo. Mons. Jorge
Martínez, y ayudante en la Pastoral Penitenciaria con el Excmo. Mons.
Alfredo torres, así como Capellán de la Maternidad en el Hospital
Santa Mónica.
En 1973, dejó todo para
colaborar en la Obra de los Pequeños Hermanos en Cuernavaca como director
espiritual. De 1974 a 1978, fue párroco de diversas parroquias. En
1979, Delegado Episcopal de la Cuarta Zona de Pastoral, luego fue
Provicario.
En
1981, el Papa Juan Pablo II lo nombró su Prelado Honorario. El 19
de diciembre de 1985 tomó posesión como Canónigo de la Insigne y Nacional
Basílica de Santa María de Guadalupe. En el año 1986, el Cabildo le
encargó la Casa Sacerdotal y el Colegio de Infantes. En 1989, pasó
a ser Provicario de la Basílica hasta marzo de 1990. En 1994, fue
nombrado miembro del Senado, representando al santuario guadalupano.
Desde Mayo de 1999, radica
en Cuernavaca, por motivos de salud, pero no ha dejado de dar su servicio
sacerdotal. Apoya como confesor en las tres secciones del Seminario
de aquella ciudad y ayuda con las misas y confesiones en la parroquia
cercana a su casa. ¡”Me siento felíz! ¡Que el Espíritu santo guíe
mis pasos, pensamientos y consejos!”.
Aun
con todo lo que ha entregado, se siente insatisfecho con su esfuerzo,
frente al cúmulo de Gracias y dones que Dios le ha concedido. En el
libro de sus memorias titulado De su mano, con su luz, editado
en los 50 años de su ordenación sacerdotal el año pasado, señala:
“Dios me ha permitido recordar para alabarlo y agradecerle tantos
dones que a la vez me han hecho sentir avergonzado y arrepentido por
mis descuidos y voluntarias fallas y pecados”. Y más adelante indica:
“Escribo esto para resaltar lo que la providencia ha hecho por mí…”.
¿Quién, al conocer su trayectoria
podría decir que se ha reservado esfuerzos?. Resulta más que edificante
conocer esta vida sacerdotal, a todas luces animada y fortalecida
a cada paso por la Providencia y Santa María de Guadalupe!

Año IV, núm. 51. Marzo 2005.