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San
Juan Diego nos enseñó hace 475 años
a ser discípulos y misioneros de Jesucristo
Mons. Jorge Palencia Ramírez de Arellano
Vicerrector y Coordinador General de la Pastoral
del Santuario
En el Evangelio de san Juan encontramos un texto culmen para
la humanidad entera: “De tal manera amó Dios al mundo que
dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca,
sino que tenga vida entera” (Jn, 3,16). Su Santidad Benedicto
XVI ha recordado este texto en el discurso de Inauguración
de la V Conferencia Latinoamericana, en Aparecida, Brasil:
“La Iglesia tiene la gran tarea de custodiar y alimentar
la fe en Jesucristo, y recordar al Pueblo de Dios de este
Continente que, en virtud de su bautismo, esta llamado a
ser sus discípulos y misioneros”. Hace 475 años, Juan Diego Cuauhtlatoatzin, un macehual, hombre
humilde, a los 57 años de edad, viudo, bautizado en 1524,
el sábado 9 de diciembre de 1531 caminaba de Tulpetlac a
Tlatilolco para recibir como discípulo de Jesucristo, la
catequesis de parte de los frailes franciscanos.
Como Juan Diego, por virtud de nuestro bautismo estamos llamados
a ser discípulos y misioneros. No puede ser de otra
manera. Es necesario conocer antes al que se va a anunciar,
saber de él, con actitud de discípulos; luego misioneros.
Las recientes palabras del Papa Benedicto XVI en el
Brasil, dirigidas a los agentes de pastoral, especialmente
a los fieles laicos, son los mismos fundamentos de fe
cristiana que san Juan Diego Cuauhtlatoatzin iba semanalmente
a oír en sus catequesis: “El amor a Cristo en la Cruz,
el Dios de la Misericordia y la compasión, del perdón
y de la reconciliación; el Dios que nos ha amado hasta
entregarse por nosotros; el amor al Señor presente en
la Eucaristía, el Dios Encarnado, muerto y resucitado
que es Pan de Vida; el Dios cercano a los pobres y a
los que sufren; y la profunda devoción a la Santísima
Virgen María…”
Ayer como hoy, el discípulo y misionero es ese corazón que
ve y está enamorado de Cristo. El discípulo sabe que
sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor,
no hay futuro, y esto es lo que experimentó la profundidad
de corazón san Juan Diego. Después de su encuentro con
la Niña y Señora Santa María, después de haber llevado
la señal al obispo Zumárraga, Juan Diego durante 17
años vivió junto a la ermita que guardaba el signo portentoso
del amor de Dios a su Pueblo, la tilma con la imagen
de su Madre, María Santísima. San Juan Diego tenía sus
ratos de oración en aquel modo que sabe Dios dar a entender
a los que le aman y conforme a la capacidad de cada
uno, ejercitándose en obras de virtud y mortificación.
También se nos refiriere en el Nican motecpana san Juan
Diego: “A diario se ocupaba en cosas espirituales y
barría el templo. Se postraba delante de la Señora del
Cielo y la invocaba con fervor; frecuentemente se confesaba,
comulgaba, ayunaba, hacía penitencia, se disciplinaba,
se ceñía cilicio de malla y escondía en la sombra para
poder entregarse a solas a la oración y estar invocando
a la Señora del Cielo”
El Señor siempre pone en nuestras manos su mensaje y depende
mucho de nosotros que logremos hacerlo creíble a los
hombres y mujeres de nuestro tiempo, Juan Diego lo logró.
Debemos recordar que el Espíritu es quien trabaja. A
semejanza de san Juan Diego, nuestra tarea de evangelizadores
nos pide mirar el campo de la misión más allá de nuestra
pequeña ermita. Debemos acoger y promover como preocupación
fundamental el anuncio del Evangelio en los ambientes
donde se ha instalado más la increencia, la indiferencia
e, incluso, la hostilidad.
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La descristianización de nuestra sociedad mexicana es tan grande,
que a nuestro país tradicionalmente católico se le puede
llamar, hoy, “país de misión”. Algo indispensable para nuestro
vivir como discípulos y misioneros es apasionarnos completamente
por la salvación traída por Jesucristo, a la manera que
lo vivió y lo transmitió Juan Diego a sus contemporáneos.
Él siendo laico, con una familia, con amigos, compartió
con otros cristianos como él que buscaban al verdaderísimo
Dios por quien se vive, ese apasionamiento por la salvación,
fruto de la pasión de un Dios que “tanto amó al mundo que
le envió a su Hijo único para salvarlo”.
El amor al mundo y al hombre forma parte de la identidad del
evangelizador. Debemos, según el estilo de vida de san Juan
Diego, reconocer la bondad fundamental del corazón humano,
y no perder así, el lugar donde nuestro anuncio del Evangelio
está llamado a tener resonancias. Debemos aprender a respetar
los ritmos del crecimiento humano y creyente; compartir
con madurez las dificultades del hombre para creer; no descalificar
a quien aún no ha abierto su corazón al don de la Fe. Plantar,
sembrar y regar, pero no dejar nunca de orar para que Dios
dé el crecimiento a la semilla. Aprendamos a conocer la
interioridad humana: es una tarea a la que se llama inculturación
de la Fe, y nos pide conocer y amar a todos, hombres
y mujeres Debemos reconocer, como lo sintió Juan Diego,
que el mensaje que anunciamos va dirigido a la vida entera
de quien lo acepta. Así iba su corazón alegre, llevando
el mensaje al obispo Zumárraga, toda su vida se transformó.
Esa fue la misión de Juan Diego, en la ermita del Tepeyac:
acoger y acompañar, ayudar a descubrir y vivir el sentido
de lo que se celebra, integrando el culto en la vivencia
cristiana. San Juan Diego fue consciente de que trasmitía
un mensaje profundamente humanizante. El Evangelio le ayudó
a descubrir, apoyar y defender la grandeza de las aspiraciones
humanas. Y, desde el Evangelio, a tener la lucidez para
detectar todo aquello que se opone a un crecimiento humano
integral. Y lo hizo no para competir con nadie, sino desde
el convencimiento de que en Jesús se nos ha abierto no sólo
el misterio de Dios, sino el misterio del hombre y del mundo.
Con su evangelización ayudó a que el hombre de su tiempo
descubriera el sentido de su futuro.
A semejanza de Juan Diego, debemos nosotros dejar que nuestro
amor profundo y sincero a Dios sea la mejor garantía de
evangelización. Debemos empeñarnos en comprender y percibir
que no se trata simplemente de restaurar expresiones culturales
o populares de la fe como se vivieron en otros tiempos.
Debemos comprender que la religiosidad popular alimenta
la fe sencilla de mucha gente y mucho debemos empeñarnos
en purificarla de adherencias poco evangélicas y no hacer
de ella una simple manifestación cultural, incluso folclórica,
al margen de la fe que la inspira. Debemos asimilar que
la evangelización de la cultura consiste en la penetración
del Evangelio en el corazón mismo del hombre, en sus centros
de interés, en el ámbito de sus decisiones y comportamientos,
en aquel nivel del que proceden los estilos de vida personales
y sociales, que configuran todas las manifestaciones de
su vida. Nuestra tarea de evangelizadores no consiste en
barnizar por fuera una cultura que se va haciendo pagana;
estamos llamados a introducir en los dinamismos que la generan
la fuerza siempre nueva del Evangelio. Hemos sido enviados
para que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia.
En nuestra tarea de evangelizadores no estamos solos. Muchos
nos precedieron. Juan Diego a la cabeza, han dirigido una
mirada especial a quien se nos presenta como Evangelio vivo:
Santa María de Guadalupe, la Virgen-Madre. Nuestra tarea
evangelizadora nos acerca sorprendentemente al misterio
de su maternidad. Concebir, engendrar y dar a luz a Jesús
es tarea de madre; por eso, nuestra misión tiene un carácter
materno. Así lo explicó María de Guadalupe a Juan Diego:
concebir la Palabra en la escucha obediente, acogiendo en
nuestro seno la semilla de Dios. Engendrar en un prolongado
misterio de crecimiento interior, en el que vas adquiriendo
“la forma de Cristo”. Dar a luz con el testimonio sencillo
de vida y con la proclamación gozosa de “lo que el Poderoso
ha hecho por ti”.
Que nuestra devoción a la Virgen no sea sólo recuerdo, sino
un estilo de vida. Aprendamos de Ella, como lo hizo Juan
Diego, a saborear el plan salvador de Dios. Proclamemos
con ella la grandeza del Señor y alegrémonos en Dios nuestro
Salvador. Imprimamos a toda nuestra tarea evangelizadora
el estilo cercano y comprensivo de la madre. Aprendamos
a estar en pie, junto a la cruz de los que más necesitan
ser salvados, incorporando en su historia resurrección y
vida. Aprendamos de María, a semejanza de Juan Diego, a
conservar en nuestro corazón la Palabra de Salvación, pronunciada
definitivamente por el Dios que “quiere que todos los hombres
se salven”.

Año VI, núm. 80. Agosto.
de 2007.
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