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Homilía de su Excelencia Mons. Christophe Pierre
Nuncio Apostólico en México con ocasión de su recepción por la Conferencia Episcopal de México en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe

Eminentísimos Señores Cardenales
Excelentísimo Señor Presidente de la Conferencia Episcopal Mexicana    
Excelentísimos Señores Arzobispos y Obispos
Monseñores
Reverendos Padres
Hermanos y hermanas religiosos
Hermanos todos en Cristo

1. Deseo expresar mi alegría por este primer encuentro con la Iglesia de México aquí representada por ustedes, en particular los pastores elegidos por el Señor para acompañarla y guiarla hacia Él agradezco a su Excelencia el Señor Carlos Aguiar Retes, Obispo de Texcoco y Presidente de la Conferencia Episcopal por su gentil invitación a celebrar con todos ustedes el inicio de mi ministerio de Nuncio Apostólico en su país en esa magnífica Basílica que es el corazón de la vida cristiana para cada uno de ustedes y también para mí desde el día de mi nombramiento por Su Santidad Benedicto XVI, el cual me ha hecho el honor de llamarme a servir a la Iglesia que se encuentra en este país como su representante.

Es cierto que llego con una devoción impregnada de profundo sentido del misterio de este lugar marcado por una presencia tan fuerte de Nuestra Madre. Como tantos peregrinos estoy llegando en búsqueda de la paz, del perdón y sobre todo con el deseo de encontrar aquella que nos muestra a Jesús y nos invita a ser sus discípulos.
Después de ocho años de servicio en Uganda, llegué hace algunas semanas a su tierra, y como ya he dicho, me considero un misionero enviado para servir. Por eso me siento en profunda comunión con ustedes, Obispos, Sacerdotes, religiosos y religiosas y laicos. Conociendo su celo apostólico y la inmensa obra de evangelización que sus predecesores y ustedes han conducido hasta ahora, no he tenido ningún miedo de tomar también yo mi bastón de peregrino para unirme a la misión de la Iglesia. Bueno, no escondo que, como el profeta Jeremías, he pronunciado estas palabras: "Mira que soy muy corto de palabras, que soy muy joven". Pero también me he sentido confortado por la palabra de Dios que me dice: "Tienes que ir a donde te envíe y decir las cosas que yo te digo. No tengas miedo que en tus labios Yo hablaré". Escuché además las Palabras de Cristo en el Evangelio "Quién reciba a un niño en mi nombre a mí me recibe". “El que no se haga como niño no entrará en el Reino de los cielos". Es como un niño que me presento ante ustedes, hijo del mismo Padre que nos ha creado y que nos ama. En Él somos todos hermanos y hermanas.

Con profunda alegría he descubierto la frase que, según el Nican Mopohua, la Virgen ha dicho a Juan Diego: "¿De que te asustas? ¿No estoy yo aquí que soy tu madre?". Esta se encuentra en la fachada de la Basílica y expresa bien el mensaje de Guadalupe y la esperanza que ya he admirado en los ojos conmovidos de todos esos peregrinos que no dejan de llegar. Hoy gracias a ustedes soy uno de ellos.

Como me gustan las palabras de la que se llama "la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios…," hablando a Juan Diego de su templecito: "Allí estaré siempre dispuesta a escuchar su llanto, su tristeza, para purificar, para curar todas sus diferentes miserias, sus penas, sus dolores". En la segunda aparición, la Virgen confirma a Juan Diego en su misión y le ordena insistir con el Obispo: "Hijito mío, el más pequeño es indispensable que sea totalmente por tu intervención que se lleve a cabo mi deseo".

2. Entrando en este santuario he sentido una grande emoción pensando en todos los que desde el inicio de la evangelización han dado testimonio de su fe encarnada en una vida iluminada por la presencia de Dios. Muchos de ellos se transformaron, a veces hasta el martirio, en verdaderos testigos de la presencia de Cristo como su Salvador manifestando concretamente en su existencia el amor divino. Aceptaron ser inspirados por el Espíritu que hizo de ellos nuevas criaturas. Todos fueron verdaderos testimonios de la encarnación del Hijo de Dios en esta tierra haciendo nacer la Iglesia que hoy brilla como una luz capaz de indicar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad el camino hacia Dios.

Como cada uno de ustedes, cristianos de México, he hecho esta misma experiencia de la mujer de Samaria en el pozo de Jacob. Primero hubo un encuentro: "Dame de beber". Desde mi juventud Jesús se ha manifestado a mí de muchas maneras, dándome poco a poco a entender el sentido de la palabra: "Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, serías tú quien le pidiera de beber y el te daría de esa agua viva". Esta es la razón por la cual he escogido como mi lema episcopal: "Si conocieras el don de Dios". Como la samaritana he sido desbordado por la riqueza del don que Dios me ha dado en Jesús ofreciéndome agua que "brotará en mí como un manantial de vida eterna".

He sido enviado a misión en medio de ustedes para beber de esta agua viva que brota en la Iglesia de México y en cada cristiano desde el día de su bautismo. Invitándonos a esta Eucaristía, Cristo el Señor de la Iglesia universal y de la Iglesia en México, quiere que permanezcamos en comunión con Él y entre nosotros. Desde el día de mi llegada, empecé a familiarizarme con toda la reflexión hecha durante los últimos años por ustedes, con el fin de que la Iglesia ayude a todos los cristianos a vivir su fe en el difícil contexto de la cultura actual. Con mucho interés he leído en particular la Carta Pastoral de los Obispos del año 2000 y el reciente documento conclusivo de la V Conferencia del CELAM en Aparecida.

Varios aspectos son para mí fuente de profunda inspiración.

El primero es la insistencia sobre el encuentro con Jesucristo, que es la fuente de nuestras diferentes vocaciones y misiones dentro de la Iglesia, como Obispos y sacerdotes, religiosos y laicos. Las bellas palabras de su carta pastoral encuentran un eco en el documento de Aparecida, que me permito citar: El acontecimiento de Jesucristo es el inicio de ese sujeto nuevo que surge en la historia y al que llamamos discípulo: No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran, o una idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" ... La naturaleza misma del cristianismo consiste por lo tanto en reconocer la presencia de Jesucristo y seguirlo". ( 6.1.1).

El segundo es la dimensión misionera. Los obispos son calificados justamente como discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote. Ellos con fe y esperanza han aceptado la vocación de servir al pueblo de Dios conforme al Corazón de Cristo Buen Pastor. Ellos ayudan a todos los miembros del pueblo de Dios a vivir, en su lugar y conforme a su vocación, esta dimensión misionera. Yo también he venido para unirme a esa misión. El tercero es la presentación de la Iglesia como Sacramento de Cristo y signo vivo de su presencia en la realidad humana en la cual todos somos llamados a estar y actuar. La Iglesia es comunión de todos los bautizados viviendo en el mundo como seres nuevos transformados por su amistad con Cristo Hijo de Dios, siguiendo su palabra de vida y dejándose animar por su espíritu. Todos somos la Iglesia, cuerpo vivo de Cristo, haciéndolo presente en el mundo. Esta es nuestra vocación y misión que vivimos si nos dejamos transformar por su gracia.

El cuarto es la importancia de la comunión entre nosotros discípulos misioneros. La Iglesia en el mundo, como nos ha dicho Jesús, será Luz del mundo y Sal de la tierra, si vivimos en comunión unos con otros. Los Obispos junto con los sacerdotes, han recibido esta inmensa responsabilidad de ser ministros de la comunión dentro de la Iglesia. El Santo Padre también, como Sucesor del primero de los apóstoles, Pedro, recibió esta misión de unidad tan importante para nuestra Iglesia. Mi misión de representante del Santo Padre será de ser un fiel servidor de la unidad dentro de la Iglesia ayudando, con ustedes, a la Iglesia que se encuentra en  México a mantenerse en comunión con el Santo Padre y a través de él con la Iglesia universal.

3. Por estas razones quiero alegrarme del modo como ustedes me recibieron. Desde el día de mi llegada he sentido el vínculo que me une con los Pastores escogidos por Dios para conducir, santificar y evangelizar el pueblo mexicano.

Ustedes hermanos Obispos son llamados, escogidos y amados por Cristo, el cual espera de ustedes ser testigos de su amor ofreciendo su vida como Él por sus ovejas. Ustedes son llamados con sus sacerdotes a ser las columnas de la Iglesia sin olvidarse de que su fuerza no depende de su capacidad humana más de la fe, de la esperanza y del amor que Dios ha puesto en sus corazones. Les pido lleven mi saludo a sus sacerdotes. Mi profundo deseo es que ellos sean vistos por sus fieles como modelos ejemplares de vida cristiana y pastores celosos y llenos de amor. Me siento también muy cerca de los religiosos hombres y mujeres. Conozco el valor de su vida que es motivada por la palabra del Padre Nuestro: "Que venga a nosotros tu reino".

Deseo también agradecer a los laicos aquí presentes y a través de ustedes saludar a todos los cristianos de México. Todos son llamados a ser discípulos de Jesús cualquiera que sea su ambiente y su responsabilidad en la comunidad. Todavía quiero dirigirme a todos los que en cualquier modo sufren en su cuerpo, en su espíritu y en su alma. Pienso en todos los que les falta un mínimo para vivir una vida digna de los hijos y de las hijas de Dios, y que no ven ninguna salida a una situación extrema de pobreza material o espiritual. Mi profundo deseo es que la Iglesia sea para todos una señal fuerte de esperanza. Muchos laicos ocupan a diferentes niveles responsabilidades para el servicio de sus hermanos y el bien común de la sociedad. El ejercicio de este cargo es parte también de su misión de cristiano, en la medida en que trabajen con espíritu de servicio, animados por los valores del Evangelio. Todos contribuyen así a construir la civilización del amor, según la magnifica expresión usada por vez primera por el Papa Paulo VI y muchas veces repetida por sus sucesores.

Agradezco a esta Iglesia de recibir al representante del Santo Padre con tanto calor y expresando así su amor y filial adhesión hacia el sucesor de Pedro. Eso da a la Iglesia local una oportunidad maravillosa de celebrar su relación con el Papa. La Iglesia es una porque profesa su fe en un sólo Señor y en un sólo bautismo. El Papa, junto con los obispos recibió la misión de conservar a la Iglesia en la unidad. La catolicidad de la Iglesia es su universalidad. Esto no quiere decir que la Iglesia no esté enraizada en el corazón de la sociedad mexicana y de su cultura. Pero la Iglesia no es una secta o una organización exclusivamente humana. La Iglesia es universal porque el mensaje de Cristo es para todos y penetra en toda cultura. Tiene que ser interpretado en cada lenguaje de modo que pueda ser comprendido. Pero no estará nunca encerrada en una cultura. Esto es el misterio de Pentecostés: Todos podían entender el único mensaje de los apóstoles en su propia lengua.

La santidad de la Iglesia y de sus miembros depende principalmente de su relación con el fundador, es decir Cristo mismo. La Iglesia tiene que ser el reflejo vivo de la santidad de Dios para el mundo de hoy. La Iglesia será santa solamente si acoge el Evangelio con toda su pureza, y es la responsabilidad de los pastores, en comunión con el Papa, de ayudar a la Iglesia a permanecer fiel al Evangelio. En fin cuando hablamos que la Iglesia es apostólica, no sólo nos referimos al hecho que cada Obispo es un sucesor de un apóstol, más también que todos los obispos son sucesores de ese grupo de hombres que Jesús llamó a Él para ser la fundación de su Iglesia, con Pedro recibiendo la misión específica de confirmar a sus hermanos en su fe.

4. Hermanos Obispos, Hermanos y Hermanas en Cristo. La persona que ustedes reciben hoy fraternalmente, tiene sentimientos muy encontrados. Por estos sentimientos de indignidad, deseo abandonarme en el Señor, pidiéndole me guié en este ministerio. Y les suplico por eso la ayuda de su oración. Al mismo tiempo tengo un gran deseo de ser aquí en medio de ustedes un testimonio del Dios vivo. Espero ser capaz con ustedes de anunciar el Evangelio en esta tierra de México. Es nueva para mí, pero les puedo decir ya que se ha convertido en mi tierra y mi país, gracias a ustedes.

Que el Señor les bendiga y nos ayude a hacer su voluntad. Y que la mirada de la morenita tan cariñosa hacia cada uno de nosotros nos ayude a nunca perder de vista la dirección justa.



   Año VI, núm. 81. Septiembre de 2007.

 
 
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