Después de ocho años de servicio en Uganda, llegué hace algunas
semanas a su tierra, y como ya he dicho, me considero un misionero
enviado para servir. Por eso me siento en profunda comunión con
ustedes, Obispos, Sacerdotes, religiosos y religiosas y laicos.
Conociendo su celo apostólico y la inmensa obra de evangelización
que sus predecesores y ustedes han conducido hasta ahora, no he
tenido ningún miedo de tomar también yo mi bastón de peregrino
para unirme a la misión de la Iglesia. Bueno, no escondo que,
como el profeta Jeremías, he pronunciado estas palabras: "Mira
que soy muy corto de palabras, que soy muy joven". Pero
también me he sentido confortado por la palabra de Dios que me
dice: "Tienes que ir a donde te envíe y decir las cosas
que yo te digo. No tengas miedo que en tus labios Yo hablaré".
Escuché además las Palabras de Cristo en el Evangelio "Quién
reciba a un niño en mi nombre a mí me recibe". “El que
no se haga como niño no entrará en el Reino de los cielos".
Es como un niño que me presento ante ustedes, hijo del mismo Padre
que nos ha creado y que nos ama. En Él somos todos hermanos y
hermanas.
Con profunda alegría he descubierto la frase que, según el
Nican Mopohua, la Virgen ha dicho a Juan Diego: "¿De que
te asustas? ¿No estoy yo aquí que soy tu madre?". Esta
se encuentra en la fachada de la Basílica y expresa bien el mensaje
de Guadalupe y la esperanza que ya he admirado en los ojos conmovidos
de todos esos peregrinos que no dejan de llegar. Hoy gracias a
ustedes soy uno de ellos.
Como me gustan las palabras de la que se llama "la
perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios…,"
hablando a Juan Diego de su templecito: "Allí estaré siempre
dispuesta a escuchar su llanto, su tristeza, para purificar, para
curar todas sus diferentes miserias, sus penas, sus dolores".
En la segunda aparición, la Virgen confirma a Juan Diego en su
misión y le ordena insistir con el Obispo: "Hijito mío,
el más pequeño es indispensable que sea totalmente por tu intervención
que se lleve a cabo mi deseo".
2. Entrando en este santuario he sentido una grande emoción
pensando en todos los que desde el inicio de la evangelización
han dado testimonio de su fe encarnada en una vida iluminada por
la presencia de Dios. Muchos de ellos se transformaron, a veces
hasta el martirio, en verdaderos testigos de la presencia de Cristo
como su Salvador manifestando concretamente en su existencia el
amor divino. Aceptaron ser inspirados por el Espíritu que hizo
de ellos nuevas criaturas. Todos fueron verdaderos testimonios
de la encarnación del Hijo de Dios en esta tierra haciendo nacer
la Iglesia que hoy brilla como una luz capaz de indicar a todos
los hombres y mujeres de buena voluntad el camino hacia Dios.
Como cada uno de ustedes, cristianos de México, he hecho esta
misma experiencia de la mujer de Samaria en el pozo de Jacob.
Primero hubo un encuentro: "Dame de beber". Desde
mi juventud Jesús se ha manifestado a mí de muchas maneras, dándome
poco a poco a entender el sentido de la palabra: "Si conocieras
el don de Dios y quien es el que te pide de beber, serías tú quien
le pidiera de beber y el te daría de esa agua viva".
Esta es la razón por la cual he escogido como mi lema episcopal:
"Si conocieras el don de Dios". Como la samaritana
he sido desbordado por la riqueza del don que Dios me ha dado
en Jesús ofreciéndome agua que "brotará en mí como un
manantial de vida eterna".
He sido enviado a misión en medio de ustedes para beber de
esta agua viva que brota en la Iglesia de México y en cada cristiano
desde el día de su bautismo. Invitándonos a esta Eucaristía, Cristo
el Señor de la Iglesia universal y de la Iglesia en México, quiere
que permanezcamos en comunión con Él y entre nosotros. Desde el día de mi llegada, empecé a familiarizarme con toda
la reflexión hecha durante los últimos años por ustedes, con el
fin de que la Iglesia ayude a todos los cristianos a vivir su
fe en el difícil contexto de la cultura actual. Con mucho interés
he leído en particular la Carta Pastoral de los Obispos del año
2000 y el reciente documento conclusivo de la V Conferencia del
CELAM en Aparecida.
Varios aspectos son para mí fuente de profunda inspiración.
El primero es la insistencia sobre el encuentro con Jesucristo,
que es la fuente de nuestras diferentes vocaciones y misiones
dentro de la Iglesia, como Obispos y sacerdotes, religiosos y
laicos. Las bellas palabras de su carta pastoral encuentran un
eco en el documento de Aparecida, que me permito citar: El
acontecimiento de Jesucristo es el inicio de ese sujeto nuevo
que surge en la historia y al que llamamos discípulo: No se comienza
a ser cristiano por una decisión ética o una gran, o una idea,
sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que
da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva"
... La naturaleza misma del cristianismo consiste por lo tanto
en reconocer la presencia de Jesucristo y seguirlo". (
6.1.1).
El segundo es la dimensión misionera. Los obispos son calificados
justamente como discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote.
Ellos con fe y esperanza han aceptado la vocación de servir al
pueblo de Dios conforme al Corazón de Cristo Buen Pastor. Ellos
ayudan a todos los miembros del pueblo de Dios a vivir, en su
lugar y conforme a su vocación, esta dimensión misionera. Yo también
he venido para unirme a esa misión. El tercero es la presentación de la Iglesia como Sacramento
de Cristo y signo vivo de su presencia en la realidad humana en
la cual todos somos llamados a estar y actuar. La Iglesia es comunión
de todos los bautizados viviendo en el mundo como seres nuevos
transformados por su amistad con Cristo Hijo de Dios, siguiendo
su palabra de vida y dejándose animar por su espíritu. Todos somos
la Iglesia, cuerpo vivo de Cristo, haciéndolo presente en el mundo.
Esta es nuestra vocación y misión que vivimos si nos dejamos transformar
por su gracia.
El cuarto es la importancia de la comunión entre nosotros discípulos
misioneros. La Iglesia en el mundo, como nos ha dicho Jesús, será
Luz del mundo y Sal de la tierra, si vivimos en comunión unos
con otros. Los Obispos junto con los sacerdotes, han recibido
esta inmensa responsabilidad de ser ministros de la comunión dentro
de la Iglesia. El Santo Padre también, como Sucesor del primero
de los apóstoles, Pedro, recibió esta misión de unidad tan importante
para nuestra Iglesia. Mi misión de representante del Santo Padre
será de ser un fiel servidor de la unidad dentro de la Iglesia
ayudando, con ustedes, a la Iglesia que se encuentra en México
a mantenerse en comunión con el Santo Padre y a través de él con
la Iglesia universal.
3. Por estas razones quiero alegrarme del modo como ustedes
me recibieron. Desde el día de mi llegada he sentido el vínculo
que me une con los Pastores escogidos por Dios para conducir,
santificar y evangelizar el pueblo mexicano.
Ustedes hermanos Obispos son llamados, escogidos y amados por
Cristo, el cual espera de ustedes ser testigos de su amor ofreciendo
su vida como Él por sus ovejas. Ustedes son llamados con sus sacerdotes
a ser las columnas de la Iglesia sin olvidarse de que su fuerza
no depende de su capacidad humana más de la fe, de la esperanza
y del amor que Dios ha puesto en sus corazones. Les pido lleven
mi saludo a sus sacerdotes. Mi profundo deseo es que ellos sean
vistos por sus fieles como modelos ejemplares de vida cristiana
y pastores celosos y llenos de amor. Me siento también muy cerca de los religiosos hombres y mujeres.
Conozco el valor de su vida que es motivada por la palabra del
Padre Nuestro: "Que venga a nosotros tu reino".
Deseo también agradecer a los laicos aquí presentes y a través
de ustedes saludar a todos los cristianos de México. Todos son
llamados a ser discípulos de Jesús cualquiera que sea su ambiente
y su responsabilidad en la comunidad. Todavía quiero dirigirme
a todos los que en cualquier modo sufren en su cuerpo, en su espíritu
y en su alma. Pienso en todos los que les falta un mínimo para
vivir una vida digna de los hijos y de las hijas de Dios, y que
no ven ninguna salida a una situación extrema de pobreza material
o espiritual. Mi profundo deseo es que la Iglesia sea para todos
una señal fuerte de esperanza. Muchos laicos ocupan a diferentes
niveles responsabilidades para el servicio de sus hermanos y el
bien común de la sociedad. El ejercicio de este cargo es parte
también de su misión de cristiano, en la medida en que trabajen
con espíritu de servicio, animados por los valores del Evangelio.
Todos contribuyen así a construir la civilización del amor, según
la magnifica expresión usada por vez primera por el Papa Paulo
VI y muchas veces repetida por sus sucesores.
Agradezco a esta Iglesia de recibir al representante del Santo
Padre con tanto calor y expresando así su amor y filial adhesión
hacia el sucesor de Pedro. Eso da a la Iglesia local una oportunidad
maravillosa de celebrar su relación con el Papa. La Iglesia es
una porque profesa su fe en un sólo Señor y en un sólo bautismo.
El Papa, junto con los obispos recibió la misión de conservar
a la Iglesia en la unidad. La catolicidad de la Iglesia es su universalidad. Esto no quiere
decir que la Iglesia no esté enraizada en el corazón de la sociedad
mexicana y de su cultura. Pero la Iglesia no es una secta o una
organización exclusivamente humana. La Iglesia es universal porque
el mensaje de Cristo es para todos y penetra en toda cultura.
Tiene que ser interpretado en cada lenguaje de modo que pueda
ser comprendido. Pero no estará nunca encerrada en una cultura.
Esto es el misterio de Pentecostés: Todos podían entender el único
mensaje de los apóstoles en su propia lengua.
La santidad de la Iglesia y de sus miembros depende principalmente
de su relación con el fundador, es decir Cristo mismo. La Iglesia
tiene que ser el reflejo vivo de la santidad de Dios para el mundo
de hoy. La Iglesia será santa solamente si acoge el Evangelio
con toda su pureza, y es la responsabilidad de los pastores, en
comunión con el Papa, de ayudar a la Iglesia a permanecer fiel
al Evangelio. En fin cuando hablamos que la Iglesia es apostólica, no sólo
nos referimos al hecho que cada Obispo es un sucesor de un apóstol,
más también que todos los obispos son sucesores de ese grupo de
hombres que Jesús llamó a Él para ser la fundación de su Iglesia,
con Pedro recibiendo la misión específica de confirmar a sus hermanos
en su fe.
4. Hermanos Obispos, Hermanos y Hermanas en Cristo. La persona
que ustedes reciben hoy fraternalmente, tiene sentimientos muy
encontrados. Por estos sentimientos de indignidad, deseo abandonarme
en el Señor, pidiéndole me guié en este ministerio. Y les suplico
por eso la ayuda de su oración. Al mismo tiempo tengo un gran
deseo de ser aquí en medio de ustedes un testimonio del Dios vivo.
Espero ser capaz con ustedes de anunciar el Evangelio en esta
tierra de México. Es nueva para mí, pero les puedo decir ya que
se ha convertido en mi tierra y mi país, gracias a ustedes.
Que el Señor les bendiga y nos ayude a hacer su voluntad. Y
que la mirada de la morenita tan cariñosa hacia cada uno de nosotros
nos ayude a nunca perder de vista la dirección justa.

Año VI, núm. 81. Septiembre de
2007.
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