En éstos se consignan, al mismo tiempo, los datos del hecho,
la intervención divina, el beneficiario, el nombre, la fecha
y la dedicación.
En general, estas demostraciones de fe plasman el momento
de una tragedia por enfermedad, accidente, robo, desastre,
etcétera, donde impera la presencia de la divinidad.
La composición en la superficie pictórica, realizada en
un soporte de lámina o cartón, es organizada de acuerdo
a cierta jerarquización (celesteterrenal), al tiempo que
una inscripción ubicada en la zona inferior refuerza el
contenido visual.
En la mayoría de los casos, estas muestras de devoción popular
no arrojan datos sobre sus creadores, quienes generalmente
carecían de formación o trayectoria académica en el campo
de las artes plásticas. Sin embargo, en la magnífica colección de exvotos que alberga
el Museo de la Basílica de Guadalupe, se localiza una obra
realizada por Guillermo Meza, pintor destacado de la llamada
“Escuela Mexicana de Pintura”.
En su juventud, Guillermo Meza (1917-1997) fue aprendiz de
sastre y estudió música, dibujo y grabado en la Escuela
de Arte para Trabajadores Núm.1, institución que formó parte
del proyecto educativo de la administración cardenista. Hacia 1937 trabajó como ayudante de Santos Balmori en la Escuela
Industrial México-España, y a finales
del año siguiente, presentó una carpeta de dibujos a Diego
Rivera, quien le escribió una carta de recomendación dirigida
a Inés Amor –propietaria de la Galería de Arte Mexicano
–.
La famosa marchand lo animó a estudiar anatomía, disciplina
que empezó a reflejarse notablemente en sus óleos y aguadas.
Amor le organizó su primera exhibición individual en 1940
e impulsó la venta de sus obras. Por tal razón, una gran parte de la producción de Meza se encuentra
en la actualidad en Estados Unidos, particularmente en Filadelfia.
También figuró en la exposición Veinte siglos del arte
en México, organizada por el gobierno mexicano y el
Museum of Modern Art de Nueva York.
En
1947, nuestro pintor laboró en la Academia Mexicana de Danza,
y a principios de la década de los años cincuenta, ganó
el primer lugar en la competencia nacional de pintura convocada
por el Salón de la Plástica Mexicana.
Las obras de Guillermo Meza siempre tuvieron como tema la
figura humana y su relación con las fuerzas de la naturaleza.
En sus óleos se vislumbran desnudos en medio de paisajes
agrestes, rostros indígenas cubiertos por máscaras o mantos
blancos, y cadáveres expuestos. Sin embargo, la referencia a temas bíblicos –como el éxodo
– fue una vertiente más de su que hacer artístico.
Así, sus preocupaciones de índole religiosa incidieron de alguna
manera en el exvoto que aquí se reproduce, mismo que proyecta
una fusión entre el mundo cotidiano y la percepción del
hecho milagroso y sobrenatural.
Cabe mencionar que esta obra, de alguna manera, evidencia la
revaloración –y asimilación – del arte popular por parte
de los artistas de la época de Meza, como son Roberto Montenegro,
Gabriel Fernández Ledesma, Frida Kahlo y María Izquierdo,
quienes vincularon la existencia de la cultura nacional
con las manifestaciones artísticas populares, en el sentido
de recuperar sus valores sintéticos y su carácter genuino,
pero sobre todo, sus rasgos espontáneos.
En primer lugar, observamos que la composición se apega a la
estructura narrativa del exvoto: la relación entre la imagen
y el texto escrito. Conservando los elementos de los modelos
novohispanos y del siglo XIX, esta pintura, al parecer realizada
por encargo o bien, como un favor personal, también parece
adaptarse a las transformaciones modernas del México urbano
de finales de los años cuarenta.
El espacio pictórico resignificado de este exvoto, representa
de manera central a la Patrona de México, quien domina la escena en medio de un rompimiento de
gloria y asistiendo el milagro. La
Virgen de Guadalupe, con sus atributos representativos: el manto
azul con las estrellas doradas, la luna en cuarto menguante,
los rayos solares y el querubín, extiende protectora uno
de sus brazos hacia el infante; actitud gestual que corresponde
al momento de la salvación.
El
contraste de tonos luminosos y colores obscuros contribuye
al efecto dinámico y realista de la obra. Rafael Cárdenas,
el niño atropellado y arrastrado por el medio de transporte,
aparece dibujado en escorzo con la pequeña camisa obstruida
en la defensa del auto.
En la parte trasera de este automóvil Fiat topolino de la época,
está sentado un demonio en postura de derrota. Aquí, el
ángel rebelde o espíritu maligno recuerda a los realizados
por Arcimboldo o William Blake
y está representado con garras, alas de murciélago y facciones
bestiales, acentuando la dualidad iconográfica en la pintura:
la eterna lucha entre el bien y el mal.
La inscripción, tal vez sugerida por la madre del pequeño,
señala: “A la Santísima Virgen de Guadalupe por su milagro al salvar la vida de mi hijo Rafael
Cárdenas de 4 años que fue atropellado por un automóvil
el 11 de septiembre de 1949. En prueba de agradecimiento y en petición de que pronto logre
recuperar se… le traigo este testimonio. Carmen Pérez de
Cárdenas 26-XI- 1949. ”De esta manera, podemos observar que los exvotos y retablos
pintados –síntesis entre lo real y simbólico de las imágenes
sagradas – nos muestran la pervivencia de la religiosidad
católica popular mexicana, que ha servido para legitimar,
de una forma muy particular, a la devoción guadalupana.