El
Museo de la Basílica de Guadalupe cuenta entre su acervo con
algunos ejemplares de extraordinarios libros antiguos, tanto por
el texto que contienen como por la calidad de las estampas que los
ilustran.
En esta ocasión mostraré al lector una obra en pequeño formato titulada
Felicidad de México en su edición de finales de 1665 y principios
de 1686.
Hacia 1666, la Santa Iglesia de México, Cabeza y Metrópoli del Reino
de la Nueva España, impulsó una averiguación jurídica sobre las
mariofanías acaecidas en el Tepeyac.
Fue entonces cuando el Venerable Cabildo de la Catedral solicitó
al bachiller Luis Becerra Tanco su testimonio sobre el portento
guadalupano.
Este sabio novohispano presentó para las Informaciones de
1666 un texto en el que dejaba por escrito "lo que sabía de
memoria, y que había leído y registrado en [su] adolescencia".
El manuscrito se publicó formalmente como Origen milagroso del
Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, conocido también con
el título de Felicidad de México.
Acompañan
a la edición de 1685 cuatro estampas realizadas por Matías de Arteaga
y Alfaro, afamado pintor y grabador de la escuela Sevillana, nacido
en Villanueva de los Infantes, Ciudad Real, en 1633, y fallecido
en Sevilla en 1703.
Quizá por su fidelidad y fácil reproducción, la estampa ha sido
siempre el vehículo más eficaz en la propagación de la doctrina
y acertadamente se incluyó este artefacto visual en Felicidad
de México.
Los grabados representan el relato guadalupano en un formato
tetraepisódico, tal como se sigue mostrando hoy en día en estampas
devocionales.
No es casual que aparezcan a plana entera los grabados en el escrito
de Becerra Tanco, ya que él, entre muchos, relata el milagro del
Tepeyac con un lenguaje cuidadoso y elegante, y a pesar de seguir
en lo sustancial al Nican Mopohua, logra una narración de
las apariciones con una mayor libertad y riqueza descriptiva.
Siguiendo la obra literaria de Becerra Tanco, son cuatro las ocasiones
en que Juan Diego entabla coloquio con la Madre de Dios, además
de la aparición milagrosa de su imagen en el palacio arzobispal,
y una quinta manifestación más, realizada ante Juan Bernardino para
curarlo del cocoliztli y nombrarse a sí misma "Santa
María de Guadalupe".
No obstante, visualmente se identifican sólo cuatro pasajes significativos
de la tradición de! Tepeyac, que son los mismos que el pueblo de
México -y otros- reconoce de inmediato.
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En
la llamada primera aparición, Juan Diego es representado
en actitud reverencial, con su mirada fija en lo alto, absorta ante
el milagro que está presenciando. El indio queda embelesado, como
fuera de sí en un suave arrobamiento, contemplando sin temor la
imagen nimbada que desciende sobre el peñasco.
Esta escena representa el diálogo místico entre el mensajero indígena
y la Guadalupana resplandeciente. Detalle curioso es la escolta
de ángeles que acompañan a Juan Diego y al mismo tiempo lo incitan
a presenciar la manifestación mariana.
Lo anterior corresponde, en un sentido, al tan nombrado canto dulce
y sonoro que escucha el indio, mismo que en el imaginario indígena
se asocia con las aves míticas y legendarias. Pero no es raro encontrar
en la mentalidad europea estos seres celestiales que se acompañan
de sus instrumentos, pues son encargados de manifestar lo divino
a través de su música.
Las tres siguientes mariofanías representadas visualmente ocurren
el mismo día, el 12 de diciembre de 1531, según cuenta la tradición.
Corresponden a la cuarta aparición narrada en Felicidad de México,
que se desarrolla en dos escenas distintas.
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En
la primera, por no haber regresado el día anterior a obedecer el
mandato de la Virgen María, Juan Diego apresura el paso tomando
otra vereda por debajo del monte, y junto al árbol del cauzáhua
tI o casahuate, sale al encuentro María Santísima. Por eso,
a Juan Diego se le representa de espaldas, temeroso y avergonzado,
intentando esquivar a la Virgen.
La
segunda escena se desarrolla una vez que el indio ha regresado de
la cumbre del cerro con las rosas de Castilla frescas, olorosas
y aún con rocío- que servirían de pigmento al portento guadalupano.
Arrodillado y en sumisión total al designio divino, Juan Diego aguarda
las nuevas indicaciones de la Virgen.
La escena se prestó para modificar el carácter de ícono inamovible
y la gestualidad hierática de la Virgen de Guadalupe. Este momento
representa no sólo un diálogo místico, sino también un contacto
con la divinidad: "y cogiendolas todas juntas [las flores]
la misma Señora, y aparandolas el Indio en su manta, se las volvió
[sic] á verter en el regazo della [.. .]"
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El
paraje incluso ha dado motivo a discusiones teológicas: ¿cuál
fue en realidad el momento del milagro?, ¿dónde se obró la pintura
de la bendita imagen?
La tradicionalmente llamada cuarta aparición, que plantea
la composición más compleja, tiene lugar en el interior del palacio
arzobispal y muestra el pasaje final de la serie. Bajo undosel,
el arzobispo ha dejado su cátedra y cae-de hinojos frente a Juan
Diego que despliega su tilma, dejando caer las rosas, al mismo tiempo
que se va dibujando en ella la imagen sagrada de la Virgen de Guadalupe.
Los
otros personajes permanecen pasmados frente a lo que contemplan;
implorantes y absortos, son testigos del milagro que tiene lugar
en tierra americana y dado a conocer a través del mensajero indígena,
por cuya intervención habría de tener efecto la voluntad de la Virgen
María.
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Las
series aparicionistas conservaban un carácter didáctico para que,
tanto aquellos que no sabían leer como la minoría letrada, pudieran
entender en el lenguaje de las imágenes los acentos más emotivos
del relato guadalupano y su explícito mensaje ejemplar.
Los
grabados de Matías de Arteaga y Alfaro se convirtieron, a partir
de su publicación, en el modelo que siguieron los artistas posteriores,
al momento de narrar visual mente el milagro de Tepeyac.
Por su parte, dejar testimonio escrito del mayor acontecimiento
mariano ocurrido en América fue una gustosa obligación del ilustre
personaje novohispano Luis Becerra Tanco.
Al fallecer su autor, fue labor del Doctor D. Antonio de Gama realizar
nuevas ediciones del texto, pues este último se interesó por "sacar
a la luz esta estrella favorable en el ocaso de entre las sombras
de la confusión y olvido"