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Una Misión
Guadalupana en Filipinas



M.I. Sr. Cango. Mons. José Luis Guerrero


El miércoles 9 de febrero de este 2005, por invitación oficial, partimos a una misión guadalupana, hacia las Islas Filipinas, el M.I. Sr. Rector de la Basílica de Guadalupe, Mons. Diego Monroy Ponce, su secretario el Lic. Héctor Bustamante, el P. Leandro Chitarroni, visitante de la Argentina y el autor de estas líneas. Aterrizamos en Manila el viernes 11 —pues perdimos el jueves 10 al cruzar el meridiano del tiempo—; fuimos recibidos por el Embajador de Filipinas en México, Sr. Justo Orroz, por Mons. Josefino Ramírez, párroco de Quiapo y un conjunto de amables personas que nunca nos dejarían en adelante.

En Los Ángeles, EU, se habían reunido con nosotros las señoras filipinas Angelita Martínez de Florio —una de las principales organizadoras— y Rosa María Montenegro. Ambas serían nuestras guías e intérpretes.

Fuimos enseguida al Arzobispado, donde celebramos la Misa y luego al Hotel Manila. Allí nos saludó el alcalde de la ciudad, Sr. Lito Otienza, quien nos citó al día siguiente en su alcaldía.

En la mañana del 12 de febrero, en la alcaldía nos recibió oficialmente una banda. Allí comprobamos que una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe preside en efecto la entrada a las oficinas del Alcalde, junto con una reproducción del Santo Niño de Cebú, (una imagen de bulto dejada allá por Magallanes, que goza de inmensa devoción). Nos recibieron con mucha amabilidad. El Alcalde nos habló de sus esfuerzos por defender la vida desde antes del nacimiento, entre otras cosas.

Quedamos de volvernos a ver por la tarde, en la Basílica de Jesús Nazareno de Quiapo.De ahí fuimos a Macati —una zona elegante—, a la parroquia de San Antonio de Padua, donde visitaríamos una una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe que se venera ahí.

Luego marchamos a Guadalupe —un suburbio más bien pobre—, con su enorme parroquia, donde concelebramos con el Obispo y tuvimos la primera experiencia de la intensa devoción del pueblo filipino, que confirmaríamos siempre después: bellos cantos, gran participación de la gente, comunión de prácticamente todos los participantes y un desbordante deseo de todos por saludarnos y pedirnos la bendición. Obispo y tuvimos la primera experiencia de la intensa devoción del pueblo filipino, que confirmaríamos siempre después: bellos cantos, gran participación de la gente, comunión de prácticamente todos los participantes y un desbordante deseo de todos por saludarnos y pedirnos la bendición.

Por la tarde, tras desistir de volver al hotel por el intenso tráfico, al grado de que motociclistas debieron abrirnos camino,  llegamos a la Basílica de Jesús Nazareno, en Quiapo, una zona central, popular y pobre, parecida a La Merced de la ciudad de México, donde ahora es co-patrona la Virgen de Guadalupe.

Ahí ya nos esperaba el Alcalde, el párroco Mons. Josefino Ramírez, la banda, los Caballeros de Colón y muchísima gente. De nuevo, bellos cantos, misa muy participada, en latín, que presideió Mons. Diego, más el susto adicional de ponerme a mí a hacer la homilía en inglés.

De nuevo, la devoción de la gente, que es hasta "peligrosa", pues nos aplastan y jalonean como lo hubieran hecho con el propio Cristo.

Al día siguiente 13, salimos en un pequeño autobús hacia el Monasterio Guadalupano de Caryana, a dos horas de Manila, una fundación benedictina muy singular, con numerosos monjes y monjas, que viven separados, pero también abierto a laicos y a familias completas, y consagrado a la Virgen de Guadalupe. Allí, la misa es un completo contraste con la de Quiapo, del día anterior, pues fue en gregoriano, suave y solemne. La gente se conduce con mucho orden.

El monasterio está dedicado a la Virgen de Guadalupe y promueve su devoción a través de publicaciones y promociones.El regreso es a toda prisa. Corremos al Centro Médico de Macati, un gigantesco complejo hospitalario en la zona elegante de Manila, también dedicado a la Virgen de Guadalupe. Allí pudimos impartir una conferencia que suscitó el interés, por el escaso conocimiento que tiene la gente de las apariciones guadalupanas. Le resulta de enorme novedad el concepto de “inculturación”.

El lunes 14, un trayecto de dos horas nos condujo hasta Pagsanjan, una ciudad donde la Virgen de Guadalupe es la patrona desde el siglo XVII.

En 1648, se envió desde México una imagen de bulto, misma que sobrevivió a guerras contra ingleses y bandidos, pero que sucumbió ante las bombas estadounidenses, el 15 de marzo de 1945.

La imagen fue repuesta, el 10 diciembre de 1958, con la actual, también de bulto, hecha en Toluca, y donada por el Cabildo de la Basílica de Guadalupe.

Allí nos esperaba tanto la Gobernadora de la provincia de Laguna, Teresita S. Lázaro, como el Alcalde de la ciudad, Ramón Enrique Ejército, a más de gran número de personas y varios sacerdotes con quienes concelebramos.

De regreso, nos perdimos y luego de mucho llegamos por fin a Antipolo –que desconocíamos se trataba nada menos que del Santuario Nacional de Filipinas–.

Allí admiramos la imagen de la Patrona: una estatua mexicana traída y llevada en diez viajes interoceánicos, llamada Nuestra Señora de la Paz y Buen Viaje, y que ahora tiene un culto comparable con el nuestro del Tepeyac, pues en mayo se reúnen cosa de un millón de peregrinos. El día siguiente, martes 15, comimos en el arzobispado con el actual Arzobispo, D. Gaudencio Rosales.

Antes, cuando lo esperábamos, Mons. Josefino Ramírez nos preguntó, incrédulo, si era cierto lo que se decía de que un abad de Guadalupe había sido el más enconado opositor de la canonización de Juan Diego. Se asombró al comprobar de que efectivamente así había sido, pero le explicamos que eso había sido una bendición de la Providencia, por lo mucho que nos obligó a estudiar y profundizar en el portento de la inculturación, tanto que nuestra presencia ahí era, en cierta manera, fruto de aquello.

Luego de la comida, partimos a toda prisa hacia el palacio de Malacañang, donde celebramos la misa con la Presidenta y su personal. Entramos al palacio, pasando mil revisiones y controles, pues el día mismo anterior se habúa sufrido atentados terroristas que mataron gente. La misa no fue en la pequeña capilla, sino en un amplio salón cercano. Al final, Mons. Diego Monroy obsequió a la presidenta una Virgen de Guadalupe de arte plumario.

El miércoles 16, dejando en el hotel la mayor parte del equipaje, salimos en un gran autobús hacia La Unión, la provincia de la que el Embajador había sido gobernador por dos períodos. En la parroquia de Agoo,  comimos para luego visitar el cercano hospital, dejando siempre imágenes de la Virgen de Guadalupe y de Juan Diego. Allí tuvimos ocasión de impartir varias unciones y bautizar a un niño en peligro de muerteTras otro buen rato de caminar llegamos a nuestro destino: San Fernando, la capital de la provincia de la Unión.

Al poco rato salimos a decir misa a la catedral, en cuya entrada nos esperaban los  Caballeros de Colón en gran gala y una orquesta, principalmente de marimbas de metal, tocadas por niñas vestidas de uniformes con los colores azul, blanco y rojo, de la bandera de Filipinas, atractivas por su colorido, música y ritmo.El jueves 17, la Misa se celebró es en un convento de Carmelitas. Luego, partimos para Vigan y paramos en Luna, donde se venera a la Virgen de Mamacpacán, una imagen de bulto también traída de México.

El viernes 18 siguiente, saludamos al amable Arzobispo, que el día anterior nos había esperado vanamente a cenar, y vimos fugazmente el hermoso ambiente de la ciudad, que conserva su toque colonial español-tropical. Emprendimos el regreso a Manila, planeando decir misa en Manaue, donde también hay enorme devoción mariana, pero el autobús se descompudo, debiendo continuar Mons. Monroy y el embajador por delante. Más trade pudimos alcanzarlos los rezgados, en casa del líder de la cámara de Diputados, sólo para enterarnos de que la misa había sido la más entusiasta de cuantas habíamos vivido. Tras nuevas horas de carretera hasta Manila, regresamos al hotel, pasada la media noche.

El sábado 19, no hay tiempo de recoger y rehacer maletas. Salimos directo al aeropuerto, pasando mil revisiones. A no mucho volar llegamos a Cebú, y marchamos directamente a la casa del Cardenal Ricardo Vidal, quien nos acogió amablemente, brindándonos de comer.

Luego, nos dirigimos al Hotel Waterfront, enorme y con un casino, para al poco rato salir a la parroquia de Guadalupe, donde sólo hablamos y cantamos una Salve Regina, porque nos esperaban en otra parroquia pobre y en plena montaña, donde tras la Misa nos ofrecieron un espectáculo con danzas.
El domingo 20, salimos a decir misa de 8 en Catedral. Nos recibió el Vicario General, Mons. Cayetano.
Tras desayunar, marchamos a la Basílica del "Señor Santo Niño de Cebú", llenísima de gente por la devoción que se le tiene y por ser domingo.

Se trata de una imagen de bulto, de origen flamenco, que dejó ahí Magallanes como regalo a la familia real local, luego que ésta se bautizó, y desde entonces tuvo culto.

Una temporada fue prácticamente un ídolo, pues aunque los indígenas derrotaron y mataron luego a Magallanes, lo continuaron venerando. Salimos después a Carmen, que pensábamos estaba cerca, en la misma ciudad, pero está a más de dos horas de distancia, aunque en un lugar precioso: en la montaña cubierto de bosques. Primero fuimos a "Casa María", donde comimos, y luego bajamos a un convento en construcción de monjas franciscanas de la Inmaculada; luego a otro benedictino, de sólo 3 monjes hindúes, pero que en cinco años han hecho mucho y tienen un centro de oración y meditación. Ya anocheciendo, volvimos a Cebú.

Al día siguiente, 21, salimos sin desayunar, pero no al aeropuerto, sino al palacio del Gobernador –o mejor dicho, de la Gobernadora, pues es mujer–, elegante, discreta… pero fuerte. Precensiamos allí un izamiento de bandera y después volvimos a su despecho, pero a desayunar.

Salimos ya tarde, pero dos motociclistas con sirena nos abrieron paso hasta el aeropuerto, en donde tras las latosas revisiones llegamos de últimos al avión. Al muy poco tiempo, aterrizamos en Bacolod, en otra isla, y pasamos a saludar al Arzobispo, simpático y amable, quien nos brinda una calurosa bienvenida.

Continuará...



  
Año IV, núm. 52. Abril de 2005.
 
 
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