
Comentario extraído de la sección Acontecimiento Guadalupano
del Boletín Guadalupano, año II, núm. 32.
Presentación
de la Bula “Exaltavit Humiles”
de S.S. Juan Pablo II
Por Mons. Diego Monroy Ponce
El
pasado mes de Marzo de este año, al finalizar la Asamblea Plenaria
de la Pontificia Comisión para la América Latina, S.S.
Juan Pablo II, concluyó así, en español, el discurso
que dirigió a los participantes: “El año pasado
tuve la dicha de postrarme otra vez ante la venerada imagen de nuestra
Señora de Guadalupe, con ocasión de mi visita a México
para canonizar, el 31 de julio, al Beato Juan Diego, su mensajero y
beatificar después, allí mismo, a dos catequistas mártires
de Oaxaca, después de haber canonizado en Guatemala al hermano
Pedro de San José Betancurt”.
“Desde que peregriné por primera vez al espléndido
Santuario Guadalupano el 29 de Enero de 1979, Ella ha guiado mis pasos
en estos casi 25 años de servicio como Obispo de Roma y Pastor
Universal de la iglesia. A Ella, camino seguro de encontrar a Cristo
(Ecclesia in América, num.,11),quiero invocar como«Estrella
de la Evangelización» - Stella Evangelizationis- confiándole
la labor eclesial de todos su hijos e hijas de América, los Pastores
y los fieles, las comunidades eclesiales y las familias, los pobres,
los ancianos, los indígenas.”
Este interés singular del Santo Padre lo tenemos confirmado en
este documento: la Bula de Canonización de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin,
que acaba de traernos Su Eminencia el Cardenal Norberto Rivera Carrera,
y que en este primer aniversario de la canonización es un honor
y un gusto inmenso poder presentar, ya que es el documento que culmina
todos los trámites normales, pues se trata del acto de la propia
Santa Sede en la que se da fe oficial de que todo se llevó a
cabo correcta y definitivamente.
Este documento tiene el nombre de “Bula Papal”.
“Bula” significa “bola”, “burbuja”,
y se llama así por que antiguamente llevaba un círculo
metálico con su sello.
Esto se hace en todas las canonizaciones, pero en este caso nuestro,
tenemos un gusto aún mayor por que el Santo Padre nos confirió
una distinción especialísima. Lo normal es que quien firme
esa acta sea el Protonatario Apostólico, es decir, el principal
notario de la Santa Sede, dando fe de lo que sucedió.
Pero en este caso, el Santo Padre quiso ser él, en persona, quien
redactase y firmase nuestro documento, que, por lo tanto, no es una
mera certificación de lo que él hizo, sino un relato en
primera persona de haberlo hecho de los motivos que lo movieron a ello,
entre los cuales resalta el que “todos los que lo conocieron,
admiraron el esplendor de sus virtudes, sobre todo su fe, esperanza,
caridad, humildad y desprecio de las cosas terrenales” y el que
“observó fielmente el evangelio en la simplicidad de la
vida cotidiana, sin rechazar su condición de indio, sino del
todo consciente de que Dios no hace distinción de razas o culturas,
y que a todos nos invita a convertirnos en hijos suyos”. Reconoce,
también, el gran don que el Señor brindó a nuestros
padres indios a través de él, o sea “facilitarles
el camino para llegar a la comunión con Cristo y la Iglesia”.
Entre “los que lo conocemos y admiramos”, sobre todo por
haber sabido "llegar a la comunión con Cristo y con la iglesia
sin rechazar su condición", es decir, sabiendo incorporar
a su vida cristiana todo lo bueno de su cultura, está él,
el Santo Padre, en primerísimo lugar, y lo sabemos por habérnoslo
él dicho: que la Virgen de Guadalupe había guiado todos
los pasos de su pontificado.
Agradezcamos, pues, a él, a María Santísima y a
San Juan. Diego, y pidámosles que nos obtengan la Gracia de saber
corresponder a tantos favores.
Juan
Pablo II, Papa, Siervo de los de Dios
Para perpetua memoria del acontecimiento
“Exaltó a los humildes”
(Lc. 1,52). La mirada de Dios Padre se posó sobre un indígena
mexicano, es decir, sobre Juan Diego, a quien enriqueció con
el Don de renacer en Cristo, de contemplar el rostro de la Bienaventurada
María Virgen y de asociarse en la evangelización del Continente
Americano.
De esto concluimos abiertamente cuán verdaderas son las palabras
con las que el Apóstol Pablo enseña el método de
realizar la salvación eterna: “Lo plebeyo y despreciable
del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir en la nada lo
que es, para que ningún mortal se gloríe en la presencia
de Dios”. (1 cor 1,28.29).
Así el Beato, cuyo nombre era, según la tradición,
Cuauhtlatoatzin (águila que habla) nació alrededor del
año 1474, en Cuautitlán, perteneciente al reino comúnmente
llamado Texcoco. Ya adulto y unido en matrimonio, abrazó el Evangelio
y junto con su esposa fue lavado con el agua del bautismo, proponiéndose
vivir bajo la luz de la fe y cumpliendo los compromisos aceptados con
Dios y con la iglesia.
En el mes de diciembre, de 1531, caminando hacia un lugar llamado Tlatelolco,
en la colina que se llamaba Tepeyac, vio a la verdadera madre de Dios
que se le apareció y que le mando ir con el Obispo de México
para que le edificara un templo en el lugar de la aparición.
El Sagrado Prelado, atendiendo a las insistencias del indígena,
le pidió una prueba evidente del admirable acontecimiento.
El día 12 de diciembre, la Beatísima Virgen María
se dejó nuevamente ver por Juan Diego, lo consoló y mandó
que subiera a la cima de la colina del Tepeyac y recogiera allí
flores que debía presentarle.
Y a pesar del frío invernal y la aridez del lugar, el Bienaventurado
encontró flores hermosísimas que puso en su manto y las
llevó a la Virgen. Ella le mandó que las entregara al
Obispo como un signo de verdad.
Y estando ante él, Juan Diego extendió el manto y permitió
que cayeran las flores; entonces en la textura del manto apareció
admirablemente impresa, la imagen de la Virgen de Guadalupe, que desde
entonces se convirtió en el centro espiritual de la nación.
Una vez construido el templo (a la reina del cielo) en su honor, el
Bienaventurado, impulsado por la más alta piedad, todo lo dejó
y dedicó su vida a la custodia de aquella pequeña capilla
y en la recepción de los peregrinos. Recorrió el camino
de la Santidad en la oración y en la caridad sacando fuerzas
del banquete Eucarístico de nuestro Redentor, del culto a la
Madre del Redentor, de la comunión con la Santa Iglesia y también
en la Obediencia a los Sagrados Pastores. Todos los que lo conocieron
quedaban admirados por el esplendor de sus virtudes, principalmente
de su fe de su esperanza, de su caridad, de su humildad y el desprecio
de las cosas terrenas. Juan Diego, en la simplicidad de su vida cotidiana,
conservó fielmente el Evangelio sin rechazar su condición
de indígena, totalmente consciente de que Dios no discrimina
linajes ni culturas sino que invita a todos a que sean hijos suyos.
De esta manera, el Bienaventurado abrió más fácilmente
el camino para el que los indígenas maxicanos y del Nuevo Mundo,
tuviesen el encuentro con Cristo y con la iglesia.
Hasta el último día de su vida caminó con Dios,
quien lo llamó a Sí el año de 1548. Su recuerdo,
que siempre se asocia con la aparición de nuestra señora
de Guadalupe, trasciende los siglos y alcanza las diversas regiones
del mundo.
El día 9 del mes de abril de 1990, delante de Nosotros se dio
a conocer el decreto sobre la santidad de vida y del culto inmemorial
proporcionado al siervo de Dios Juan Diego. El día 6 del mes
de mayo, en la misma Basílica, estuvimos presentes en la solemne
celebración en honor de Juan Diego, con el título de Beato.
Por esos mismos días en es misma Arquidiócesis de México,
se realizó un milagro por su intercesión, cuyo Decreto
se dio a conocer el día 20 de diciembre del año 2001.
Y así, acogiendo la sentencia favorable de los Padres Cardenales
y de los Obispos congregados en nuestra presencia en el Consistorio
del día 26 del pasado mes de febrero, determinados que el rito
de canonización se llevara a cabo el día 31 del mes de
julio del año 2002 en la ciudad de México. Hoy, pues,
en esta ciudad de México, en la celebración sagrada, pronunciamos
esta fórmula:
“En honor de la Santísima Trinidad, para exaltación
de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana; con la
autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles
Pedro y Pablo y la Nuestra, después de haber reflexionado largamente,
invocado muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos
hermanos en el episcopado, declaramos y definimos Santo al beato Juan
Diego Cuauhtlatoatzin y lo inscribimos en el catálogo de los
Santos, y establecemos que en toda la iglesia sea devotamente honrado
entre los Santos. En el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu
Santo”.
Lo que hemos decretado, queremos que ahora y para siempre tenga fuerza,
sin que nada, por pequeño que sea, se oponga.
Dado en la ciudad de México, el día 31 del mes de julio
del año 2002, vigésimo cuarto de nuestro Pontificado.
(Sello Pontificio)
(De su puño y letra, el mismo Papa firma)
Yo, Juan Pablo, Obispo de la Iglesia Católica.
Marcellus Rossetti, protonot. (ario) apost. (ólico)
(Traducción al castellano del M.I.Sr.Cango. Dr.Alfonso
Castro Pallares)